Capítulo 3: Verdades del Vacío

 Capítulo 3: Verdades del Vacío

El silencio después de sus palabras fue peor que la oscuridad misma. 

"Almas gemelas".

Las palabras resonaban dentro de mí como si hubieran estado esperando siglos para ser pronunciadas. Mi brazo izquierdo palpitaba, la corrupción negra avanzaba un poco más con cada latido invisible. No podía apartar la mirada del reloj de arena. Del mar que lo llenaba. De las burbujas que nacían y morían en segundos.Entonces la voz habló de nuevo, esta vez más baja, casi un susurro íntimo:—Míralo bien. Obsérvalo de verdad. ¿Notas su esencia?

El agua no es agua. Son almas. Miles de millones de ellas, suspendidas, girando eternamente. Cuando se aglomeran, cuando la voluntad las une… nacen burbujas. Universos enteros. Mundos con sus dioses, sus guerras, sus finales. Todo eso nace de ellas. Y muere cuando la espuma se disuelve y vuelve al mar.Me acerqué más a la mesa, hipnotizado.

—¿Entonces… nosotros somos como ellas? —pregunté, con la voz quebrada—. ¿Por qué yo estoy aquí, fuera? ¿Por qué no sigo siendo solo otra burbuja?Un silencio breve. Casi compasivo.—Porque nosotros fuimos liberados.

Hubo una pausa, como si incluso ella dudara en decirlo. 

—Nuestra misión es simple y terrible al mismo tiempo: evitar que más almas se corrompan. Que se pierdan. Que terminen absorbidas por… ellos. Los verdugos.El frío me recorrió entero.

—¿Los verdugos? —repetí, casi sin aliento.—Ellos habitan el reloj. Siempre han estado aquí.

En el polo norte acecha Shub-Niggurath, la que engendra sin forma.

Cthulhu navega por el norte, soñando en las profundidades.

Hastur vigila sobre el embudo, el rey de amarillo.

Azathoth reina en el centro mismo del embudo, el caos ciego y nuclear.

Yibb-Tstll acecha debajo.

Yog-Sothoth recorre el sur, las puertas y las llaves.

Ghatanothoa guarda el polo sur, aquel cuya mirada petrifica el alma.Me tambaleé. Esos nombres… los conocía. Los había leído en libros prohibidos, en historias que se contaban en voz baja en mi mundo original.

—¿Cómo… cómo sabes esos nombres? —susurré.—Porque no somos los primeros.

Hubo otros liberados antes que nosotros. Uno de ellos llegó a un universo parecido al tuyo. Escribió libros. Intentó advertir. Lo llamaron loco. Lo llamaron Howard Phillips Lovecraft.

Sus historias no eran ficción. Eran recuerdos fragmentados del reloj. De los verdugos. De los símbolos que los atraen… o que los repelen.El brazo me ardía ahora. La sombra subía por el antebrazo.

—¿Y esto? —alcé el brazo, mostrando la corrupción—. ¿Esto es lo que les pasa a las almas que se pierden?La voz se suavizó, pero había urgencia debajo.

—Exacto.

Lo que en tu mundo llamaban "magia"… no es magia.

En otros universos lo llamaron ki, qi, chi, zen, mana, éter, cosmos…

Pero el nombre verdadero es más simple y más aterrador:

Tejer voluntad.—Es el deseo puro. La ideología. La convicción de un alma superior que se impone sobre las demás.

Cuando tejes tu voluntad en las almas del mar, creas fenómenos. Haces que las cosas existan. Que se muevan. Que ardan o se congelen.

Pero si pierdes esa voluntad… si dudas, si te rompes… la corrupción comienza.

Tu luz se apaga. Empiezas a consumir a los demás para llenar el vacío.

Y cuando mueres y regresas al mar… los verdugos te encuentran. Te absorben. Y ya no vuelves nunca.Miré mi brazo. La sombra había llegado al codo.

—¿Voy a convertirme en uno de ellos? —Mi voz salió como un hilo.—No si luchamos.

Por eso estamos aquí. Por eso te traje de vuelta una y otra vez.

Pero la corrupción ya empezó. Avanza rápido.

No hay más tiempo para dudas.El reloj vibró levemente. La arena y el agua giraron más deprisa.

—Entonces… ¿qué debo hacer?La voz, mi voz, la voz que era yo mismo, respondió con una calma helada: 

-Reencarna. 

Elige una burbuja. Vive. Recuerda. Recupera tu voluntad. 

Detén la corrupción desde dentro.

Y cuando regreses aquí… tal vez podamos terminar lo que empezamos.Antes de que pudiera protestar, el vacío se inclinó.

La mesa, el reloj, la silla… todo empezó a alejarse.O tal vez era yo quien caía.Y en la última fracción de conciencia, la voz susurró una última vez:—Nos veremos del otro lado, hermano. Si tenemos suerte.

El mar de almas me tragó.

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