Capítulo 6: Almas de Arena
Capítulo 6: Almas de Arena
Huimos durante tres días interminables por las dunas ardientes, el sol como un verdugo implacable, el agua escaseando gota a gota. La esfinge, exhausta por la voluntad que la sostenía, comenzó a desmoronarse en polvo mientras Palaka, con los labios agrietados y los ojos nublados por el agotamiento, me acunaba. Estábamos a punto de perecer, devorados por el desierto que no perdona.Fue entonces cuando apareció él: un hombre alto y enjuto, envuelto en telas raídas, montado en un camello cargado de provisiones.
A su lado, sobre otro camello más pequeño, iba una niña de mi misma edad —ojos grandes y curiosos, cabello revuelto por el viento—. Era su hija, Shukari. El hombre era un nómada errante que viajaba con ella buscando un lugar más seguro para vivir, huyendo de rumores de sequía y conflictos en tierras lejanas. Nos encontró por casualidad —o por el susurro de la arena, que guía a los perdidos—. Compartió su agua y nos llevó a un pueblo remoto al borde del desierto, un oasis oculto llamado Saharapur.Allí nos establecimos temporalmente. Shukari y yo teníamos la misma edad, y en ese pueblo olvidado nos convertimos en inseparables: dos niñas unidas por el polvo, el destino y la soledad compartida.Shukari, con sus ojos de huracán y sonrisa torcida, se convirtió en mi sombra inseparable. Había heredado el espíritu nómada de su padre, pero también una marca sutil del oráculo que él nunca mencionó. Nos encontramos robando dátiles de un caravanero dormido. Desde entonces fuimos inseparables: dos sombras en el mar de dunas.Hasta la noche en que Shukari robó pan para las dos.El guardia la vio. No preguntó. No dudó. Su lanza encontró el pecho de la niña como si fuera lo más natural del mundo. Shukari cayó con un gemido ahogado, la sangre brotando oscura sobre la arena.Llegué corriendo, el aliento entrecortado, las manos temblando. Shukari yacía boca arriba, los ojos abiertos al cielo sin estrellas, el pecho inmóvil.Algo se rompió dentro de mí.No fue rabia. Fue voluntad. Un suspiro que se convirtió en tormenta.La arena alrededor se levantó en columnas negras, granillos girando como almas enloquecidas. Y de esa tormenta emergió él.
Anubis.
No como una estatua fría de templo. Como algo vivo, terrible, necesario. Cabeza de chacal negro materializada de la arena misma, ojos que absorbían la luz, cuerpo envuelto en vendas que se movían como serpientes vivas. El dios de la muerte no hablaba. No necesitaba hacerlo.El guardia se paralizó del miedo puro. Su lanza cayó de sus manos temblorosas, los ojos desorbitados al ver al chacal negro alzarse de la nada.Anubis extendió una mano enguantada y tocó el pecho del guardia.Fue preciso.El alma del hombre —ese cúmulo de voluntades menores dominadas por una sola— se desprendió como humo negro. El guardia se momificó en segundos: la piel se arrugó y secó como papiro antiguo, los ojos se hundieron en órbitas vacías, el cuerpo se convirtió en una cáscara seca y quebradiza que se desplomó sobre la arena.Anubis giró la cabeza hacia Shukari. Con la misma delicadeza, vertió esa alma robada en el cuerpo sin vida.
La herida en su pecho se cerró al instante. La sangre que manchaba la arena retrocedió, absorbiéndose de vuelta en su piel como si nunca hubiera salido. El corazón latió de nuevo. Un jadeo ronco escapó de su garganta. El pecho subía y bajaba. Viva.Shukari abrió los ojos. Eran los mismos ojos de huracán de siempre. La misma sonrisa torcida asomó débilmente cuando me vio. No había nada diferente en ella: ni frialdad, ni oscuridad extra, ni cambio en su voz. Seguía siendo Shukari. Solo había regresado.Caí de rodillas, exhausta, el sudor mezclándose con lágrimas. La arena se calmó. Anubis se disolvió en polvo dorado, dejando solo el eco de un aullido lejano.Shukari se incorporó lentamente, tocándose el pecho donde la lanza había entrado. La herida ya no existía. Miró su ropa rasgada y manchada de sangre seca, la tela rota por el golpe.—¿Qué... hiciste?No respondí. Solo respiré. Un suspiro largo, tembloroso.En ese momento entendí, sin palabras, la verdad que Palaka nunca me dijo:Todo ser es un cúmulo de almas. Un enjambre de voluntades menores que luchan por el dominio. La más fuerte somete a las demás. El cuerpo no es más que el reflejo de esa batalla ganada.Y yo... yo era la voluntad que podía someter todas.
Incluso la muerte.Pero cada vez que tejía, algo en mí se sentía más lejano, más hueco, como si una parte de mi aliento se quedara atrapada en la arena. Un frío leve subió por mi brazo izquierdo, pero lo atribuí al viento nocturno.No lo comprendí entonces.El desierto guarda memoria. Y los sacerdotes de Khemet-Ra ya sabían que una anomalía respiraba entre las dunas.La caza apenas comenzaba.Pronto, quizá, nos reencontremos con aquellos mercaderes nómadas... si el desierto lo permite.Y tal vez, en otro mundo, en otra forma, nos volvamos a cruzar.
Como siempre parece suceder.
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